A víspera de mayo en el 30 de abril, o Beltane, es un festival dedicado a la suerte y la dicha, con danzas rituales y fuegos mágicos.
El caldero vuelve a ser protagonista en el festival que se celebra al mediar el estío. Esta vez se llena de agua y se adorna con flores. Este festival está estrechamente asociado con el simbolismo fálico. Se introducen en el agua unas varas mientras se invoca a Cerricuen, la diosa céltica asociada con el caldero. El del 1° de agosto es un festival de acción de gracias por las cosechas y demás frutos del campo; se celebra con bailes e invocaciones a la Diosa Madre, porque es aquí donde ella se manifiesta en la plenitud de su fecundidad.
Según dicen los libros de brujeria el equinoccio de otoño se celebra con el altar lleno de símbolos de la estación de la cosecha: pinas, espigas, etc. La fórmula que se recita en acción de gracias alude a la reencarnación, porque diciendo adiós a la fecunda fuerza solar se acepta el principio reencarnativo, ya que germinarán otras semillas, y habrá nuevas vidas mientras el Sol o Gran Padre, se va a disfrutar un período de descanso. Halloween que es el 31 de octubre, es un festival mucho más solemne, con danzas lentas y abundancia de encantamiento. Es el año nuevo de los Celtas, cuando el Sol se halla en su punto inferior y la Tierra debe entregarse al descanso, antes que vuelva a surgir la vida en plena pujanza. Es la época de barbecho, en que la tierra conserva lo que se le ha devuelto, antes de renovarse el ciclo eterno. Con la llegada de la primavera y los primeros calores revive la tierra y renueva sus energías. Nuestro festival de octubre está lejos, muy lejos del sentido que quiere dársele en los Estados Unidos, sobre todo con esas leyendas de brujas que tanto se prodigan por radio y televisión en detrimento de la verdad, de esa brujeria Wicca que no tiene nada que ver con crímenes, profanaciones ni satanismo.
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